Hoy me he levantado con ganas de crear un poco de debate tras escuchar hace unos días unas declaraciones que no me dejaron indiferente.

El otro día veía un vídeo resumen de la temporada 2010 del WTCC (el Campeonato Mundial de Turismos) en el que el piloto francés Yvan Muller, tras lograr su segundo título mundial (aunque actualmente ya suma 3), explicaba un poco cuál había sido la dinámica de la temporada. Sin entrar demasiado en detalles, lo importante de la entrevista era la parte final donde Muller decía lo siguiente:

Yvan Muller

“El automovilismo ya no es mi pasión. No lo es como era hace 10 años. Cambié mi punto de vista y la competición pasó a ser mi trabajo, mi oficio. Y alejándome del elemento pasional he dejado atrás algunos errores que cometía en el pasado por ser demasiado apasionado. Desde entonces no me he arrepentido de nada. No digo que todos tengan que verlo como yo, pero es lo que a mí me funciona.”

Esas declaraciones me hicieron pensar sobre el tema. Muller es efectivamente uno de los mejores pilotos de turismos de las últimas décadas además de un excelente piloto en casi cualquier superficie (es 10 veces campeón del Trophée Andros de carreras sobre hielo) y su control sobre el coche es casi inigualable, como mínimo en el ámbito del pilotaje de circuitos.

Es por eso que esas declaraciones en parte me “dolieron”. El francés habla de que lo que para miles de nosotros sería un sueño y por lo que pagaríamos una fortuna si la tuviéramos, él lo siente como un simple trabajo. Como el que es fontanero o telefonista y se pasa sus 8 horas cumpliendo con su faena y tras ello se va a descansar con su familia a esperar que llegue fin de mes. Dice que al dejar de sentirlo como una pasión ha mejorado a nivel global, ¿pero a qué precio?

Siempre se ha sabido que en muchos deportes los participantes han empezado porque les gustaba y, si se les ha dado bien, se han acabado convirtiendo en profesionales y por ende, en su trabajo. Y esto sería extrapolable al mundo del motor. Los niños empiezan corriendo los domingos en karts o minimotos con pocos años y, si disfrutan con ello y además parece dárseles bien (y siempre que cuenten con un buen apoyo económico detrás) algunos de ellos pasan con los años a ser pilotos profesionales.

Pero eso no les exime de que con el paso de los años dejen de tomárselo como lo que son, unos privilegiados de poder dedicarse a esto, sabiendo que detrás quedan siempre grandes talentos lamentablemente desaprovechados.

Yvan Muller

Otro ejemplo próximo a lo dicho por Muller podría ser Jaume Alguersuari. Me parece un buen piloto, sin duda, pero pocas veces se le ha visto emocionado con lo que hacía (o como mínimo no lo expresaba como otros). Es más, tras ser rescindido su contrato con Toro Rosso a finales de 2011 parece ser que no se plantea otra alternativa para 2012, cuando lo lógico para la mayoría de pilotos que ya se han encontrado antes en su situación ha sido descender ala GP2, a las World Series, incluso probar en otras competiciones… en general seguir activo en competición y no solo dentro de un gimnasio. Porque a un enamorado de las carreras lo que le gusta es conducir y, si es posible, competir.

Jaume Alguersuari

Con todo esto yo me planteo varias preguntas…

¿Creéis necesario ser un apasionado de las carreras para competir o simplemente se necesita tener talento? ¿Pensáis que en el “mundillo” del motor los verdaderos apasionados son los espectadores más que los propios integrantes de ese “mundillo”? ¿Conocéis más casos de pilotos que reconozcan que para ellos la competición es un mero trabajo más?

Personalmente, quiero creer que sí, que se necesita pasión para ser piloto y que aquellos que tienen la suerte de poder ser partícipes de ello deberían saborearlo como afortunados que son. Pero a la práctica mucho me temo que, como en tantas otras cosas, hay muchos intereses en juego y no creo que la pasión sea uno de los fundamentales…

 

Autor: Sergi Blasco

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