Guerra del Golfo Cazas Americanos El 2 de agosto de 1990, cuando el mundo estaba todavía pendiente del proceso de descomposición de la antigua Unión Soviética, el dictador iraquí Saddam Hussein lanzó su apuesta más arriesgada desde que una década antes entrase en guerra con Irán: invadió Kuwait, el riquísimo emirato al que debía sumas millonarias y al que había pasado de considerar aliado fiel a parte integral de su territorio. Arrancaba con ello la Guerra del Golfo Pérsico.

Saddam ambicionaba el petróleo kuwaití de la zona de Rumiala para resolver sus crecientes problemas económicos y sociales subsiguientes a la guerra contra Irán, y contaba con que Occidente aceptaría con pasividad su acción invasora, que se desarrolló con rapidez y sin encontrar más que una resistencia casi simbólica, principalmente a cargo de la guardia real. En doce horas los iraquíes se había hecho con el control de la mayor parte del país y la familia real había huido. Fue un fácil triunfo para Saddam.

Pero la administración estadounidense y muchos países más, algunos de ellos árabes, no estaban dispuestos a permitir que Irak se convirtiese en el elemento desestabilizador del status quo existente en Oriente Medio, con los riesgos que ello conllevaba. La primera tarea fue proteger Arabia Saudí y sus pozos petrolíferos de cualquier tentación de conquista por parte de Saddam, para lo que el presidente George Bush dispuso la puesta en marca de la operación “Escudo del Desierto”, desplegando desde el 9 de agosto tropas terrestres y fuerzas aeronavales en una gigantesca operación logística.

Guerra del GolfoLa segunda tarea sería construir una coalición de fuerzas que mostrase que la liberación de Kuwait no sería sólo una guerra de los Estados Unidos, sino de muchos países incluidos algunos árabes como Siria y Egipto. De esta manera se impediría que Saddam pudiese presentarse como el líder del pueblo árabe frente a Occidente. Hasta 34 países se sumaron a ésta coalición, si bien la contribución de muchos apenas pasó de simbólica. Al mando de las fuerzas de la coalición, que pasaron la cifra de 500.000 hombres, se puso al general estadounidense Norman Schwarzkopf que tuvo que soportar no pocas presiones para que comenzase la ofensiva cuanto antes. El prudente general no quiso hacerlo hasta disponer de todo el equipo pesado, el más difícil y lento de trasladar hasta el teatro de operaciones del Golfo.

La guerra aérea comenzó el 17 de enero de 1991, con el objetivo de ganar una absoluta superioridad  que impidiese a Iraq movilizar su maquinaria bélica, impedir el uso de armas de destrucción masiva y desorganizar su defensa. Asimismo, la artillería iraquí, sus concentraciones de carros, sus líneas defensivas y la temida Guardia Republicana serían machacadas desde el aire hasta que dejasen de ser un verdadero peligro.

A pesar de que el mando de la Coalición enfatizó mucho los éxitos de los sistemas de “bombardeo inteligente”, que supuestamente garantizaban la destrucción de los objetivos enemigos sin margen de error, la ofensiva aérea, que resultó en muchos aspectos letal para la capacidad bélica iraquí y para la organización de sus fuerzas, no hizo innecesaria la ofensiva terrestre. Pero cuando ésta se produjo, el ejército iraquí era ya una máquina completamente averiada y sin capacidad real de respuesta.

La ofensiva terrestre, la operación “Espada del Desierto”, comenzó el 24 de febrero de 1991 y duró exactamente 100 horas. El plan consistía en un ataque general en toda la línea con operaciones de diversión en el flanco derecho y una ofensiva por la izquierda como un formidable “gancho” de boxeo. Dos divisiones acorazadas estadounidenses al mando del general Franks avanzarían hacia el norte para luego girar a la derecha y fijar a la Guardia Republicana con el mar a la espalda, destruyéndola a continuación. Lo que ocurrió es que, desde el primer día, el avance (una fuerza de 150.000 hombres y7 1.500 vehículos) resultó tan devastador y la resistencia tan débil que sólo las tormentas de arena retrasaron un poco el desenlace. La Guardia Republicana se retiró, salvándose de una destrucción segura, y el 27 de febrero la ciudad de Kuwait fue liberada por tropas de esa nacionalidad al tiempo que Saddam ordenaba el incendio de los pozos petrolíferos y una retirada que se convertiría en otro desastre.

La polémica final que aún perdura sobre esta guerra involucra a quienes piensan que la tropas de la Coalición debieron continuar su ofensiva e invadir Irak hasta terminar con el régimen de Saddam y quienes opinan que eso hubiera sido contraproducente. No se hizo entonces, pero el futuro ofrecería otra oportunidad en condiciones muy distintas.

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Autor: Juan Rey Segura

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