Lockheed SR71
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De la década de 1980 en adelante, los impresionantes avances en motores y estructuras no consiguieron cambiar de manera significativa las prestaciones puras de los aviones de combate. Todos los récords importantes logrados por aviones militares pertenecen a un periodo anterior.

Como ejemplos pueden citarse:

  • Altitud de 37.650 m registrada el 31 de agosto de 1977 por una versión experimental del caza MiG-25 (denominada E-266M), pilotada por Alexandr Fedetov
  • Altitud de 25.929 m en vuelo horizontal prolongado el 28 de julio de 1976, por un Lockheed SR-71A, un avión de reconocimiento estratégico con el capitán Robert C. Helt a los mandos
  • Velocidad en línea recta de 3.259,56 km/h en un circuito cerrado de 1.000 km registrada el 27 de julio de 1976, de nuevo por un Lockheed SR-71A, pilotado en este caso por el capitán Adolphus H. Blendsoe
  • Distancia de línea recta de 20,168 km, recorrida el 11 de enero de 1962 por un bombardero Boeing B-52H, al mando del comandante Clyde P. Everly.

A comienzos del siglo XXI, los primeros de estos cuatro récords permanecen imbatidos en las clasificaciones de la Fédération Aéronautique Internationale. El único que se superó fue el último, pero no fue obra de un avión militar. Entre el 14 y 23 de diciembre de 1989, el Voyager de Dick Rutan y Jeana Yeager, un sofisticado prototipo civil construido con el propósito de dar la vuelta al mundo sin escalas y sin repostar, consiguió volar 40.212 km.

La importancia cada vez menor concedida a las especificaciones más extremas de los aviones militares fue tal vez el fenómeno más importante del mundo en los últimos años del siglo pasado. Era obvio que se había llegado a los límites prácticos del vuelo y que los investigadores en busca de una mayor eficiencia sólo podían obtenerse combinando la tecnología tradicional con otras innovaciones. De hecho, se había comprobado que volar a Mach 3 a una altitud y a una distancia cada vez mayores ya no garantizaba la supremacía.

Lockheed sr-71 blackbird
taringa.net

Los primeros signos de nuevas prioridades fueron evidentes para Estados Unidos hacia el fin de la guerra de Vietnam. Las operaciones habían puesto de manifiesto que la amenaza más letal para los aviones estadounidenses eran misiles guiados tierra-aire (SAM). Esta modalidad defensiva, apoyada por una nutrida artillería antiaérea, se había mostrado de una gran eficacia, ya que no sólo causaba daños directos, sino que a menudo obligaba al avión atacante a abandonar sus objetivos para realizar maniobras evasivas.

Se obtuvieron pruebas adicionales en 1973, durante la guerra del Yom Kippur, cuando en sólo 18 días, la Fuerza Aérea israelí perdió 109 aviones, derribados por misiles defensivos del Ejército egipcio. Estos datos, extrapolados y proyectados al escenario hipotético de una guerra con el Pacto de Varsovia, llevó a conclusiones preocupantes, y los estrategas occidentales activaron una nueva alarma: en caso de guerra, la avanzada y coordinada red de misiles defensivos desplegada por la URSS habría diezmado las fuerzas aéreas de la OTAN en sólo dos semanas.

La reacción fue rápida y consistió en la puesta en marcha, en 1974, de uno de los programas militares más secretos jamás realizados por Estados Unidos. Su objetivo era especialmente ambicioso: desarrollar la tecnología de la invisibilidad al radar (stealth, “furtivo”) y aplicarla a un avión de ataque revolucionario. A continuación, las investigaciones desembocaron en una serie de prototipos altamente innovadores, desarrollados en el desierto de California. Los experimentos y pruebas se prolongaron durante siete años y, al final, dieron su fruto: el Lockheed F-117A Nighthawk, un caza táctico que podía eludir la detección por radar, por infrarrojos, acústica y visual; un aparato que introdujo a la aviación en una nueva dimensión y señaló el comienzo del futuro.

Lockheed Nighthawk
wikipedia.org

El futurista aspecto del Lockheed F-117 Nighhawk (“Así que ya estamos de verdad en el siglo XXI; ¡parece una nave espacial de La guerra de las galaxias!”, declaró el primer militar que pilotó el Nighthawk, un coronel que había combatido en Vietnam) era el signo externo de un avión excepcional. Toda su estructura estaba constituida por superficies planas, con ángulos como los de las facetas de un diamante, que reflejaban las señales de radar en direcciones distintas de aquella desde la que se habían emitido.

Ninguna curva ni líneas elegantes, sólo un amasijo de líneas en zigzag sin orden aparente, pero en realidad calculadas con precisión para dispersar la imagen electrónica del avión. Una construcción más a la baja visibilidad la proporcionó un recubrimiento con materiales especiales, capaces de absorber la energía electromagnética, al tiempo que se puso un particular cuidado en proteger tanto las emisiones de calor como el ruido del motor para reducir la vulnerabilidad a los misiles por infrarrojos y a la detección acústica. En los ensayos se comprobó que la señal del avión en el radar era poco más que una chispa difusa, indistinguible de algunas perturbaciones de la pantalla y sólo identificable a corta distancia. En la práctica se calculó que la superficie reflectante no era mayor que la de un pájaro de pequeño tamaño.

La prueba de fuego del Nighthawk llegó en 1991, durante la primera guerra del Golfo. El 17 de enero, uno de estos aviones de ataque alcanzó el primer objetivo del conflicto, el control de defensa aérea en Bagdad. El ataque, efectuado tras un vuelo de aproximación nocturno de unos 1.300 km en territorio enemigo, se completó con el lanzamiento de bombas guiadas por medios electro-ópticos, las llamadas “bombas inteligentes”, con la mortífera precisión que las caracteriza. En los 42 días de hostilidades, los 36 aviones en servicio en la 37.ª Ala de Caza Táctica de la USAF efectuaron 1.271 salidas y demostraron ser reactores de combate más avanzados y eficientes del momento.

Lockheed Nighthawk 2016
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Autor: Edgar Lizcano

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