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Las competiciones deportivas dieron un gran impulso al desarrollo de componentes y estructuras. Por ejemplo, las hélices comenzaron a hacerse de metal e incorporaban eficaces mecanismos para viajar su paso en vuelo; los trenes de aterrizaje, por su parte, pasaron de ser fijos a retráctiles porque se requería una mayor eficiencia aerodinámica. Sin embargo, la evolución más importante fue sin duda la consolidación de la fórmula monoplaza en detrimento de la biplana. Ello fue posible gracias a las investigaciones en técnicas de construcción más avanzadas, como la introducción de estructuras y revestimientos metálicos, alentadas por competiciones como la Copa Schneider. El caso más conocido en este sentido fue la participación británica en dicho trofeo con su hidroavión Supermarine S.6B, cuyas innovaciones dieron lugar al ulterior del Spitfire, uno de los mejores cazas de la Segunda Guerra Mundial.

Hubo casos similares en Estados Unidos: el Republic P-47 Thunderbolt, uno de los aviones de combate mejores y más utilizados del mencionado conflicto, así como el caza construido en mayores cantidades, que derivó de un monopolio, el Seversky P-35. El prototipo de este avión militar había sido convertido en un aparato civil, con el que la famosa aviadora Jacqueline Cochran ganó la Copa Bendix en 1938.

La contribución del deporte aeronáutico a la evolución del avión fue enorme, si bien tardó cierto tiempo en llegar hasta los estamentos militares. La situación empezó a cambiar cuando se adivinaron los primeros indicios de una nueva guerra en gran escala. La Primera Guerra Mundial había demostrado la importancia de la superioridad área, y que para conseguirla era preciso disponer de los mejores aviones. Los estrategas y los políticos empezaron a interesarse más por la aviación y se aceleró la carrera del rearme gracias a que todo el progreso habido en los pasados años de entusiasmo y competiciones fue asimilado por la producción militar. Las naciones se preparaban para el conflicto y trabajaban, sobre todo, en el desarrollo de los tipos básicos de aparatos: cazas y bombarderos.

Curtiss R3C-2 Seaplane Racer Airplane
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Los cazas tenían que ser veloces y contar con buena maniobrabilidad, y los avances tecnológicos cambiaron radicalmente por completo de metal aparecieron su aspecto. Los monoplazas construidos por completo de metal aparecieron en escena a mediados de la década de 1930, auspiciados en Europa por Gran Bretaña y Alemania, los países que más se involucrarían en el inminente conflicto.

La RAF puso en servicio el Hawker Hurricane y el Supermarine Spitfire. El primero, que era todavía una máquina de transición, tenía dos virtudes: la excelencia de su nuevo motor Rolls-Royce Merlin y la potencia de fuego de su armamento de ametralladoras. Estas eran ocho y estaban montadas en el ala, por fuera del disco de la hélice, con lo que lanzaban un chorro sostenido de balas contra el adversario. El Spitfire, con su elevada velocidad y espléndida maniobrabilidad, era un aparato superior al Hurricane. La réplica alemana fue el Messerschmitt Bf 109, un avión que fue probado en combate durante la Guerra Civil española. Su fuselaje era pequeño, lo justo para albergar el motor alemán más potente del momento, un Dailmer-Benz en V-12, y sus magníficas cualidades de vuelo le convirtieron en un avión de caza letal.

PZL_P.11f_lyze
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A comienzos de la década de 1930 otros países habían desarrollado también buenos aviones de caza, aunque no comparables tecnológicamente a sus homólogos británicos y alemanes. Un ejemplo de ello fue en Polonia con su PZL P.11. de ala alta, que demostró sus excelentes cualidades en una serie de competiciones deportivas. Mientras tanto, la Unión Soviética aportó a la aeronáutica el rechoncho pero mortífero monoplano Polikarpov I-16, que también fue aprobado en condiciones de combate en la guerra española. En Asia, Japón creó una impresionante fuerza aérea prácticamente de la nada y produjo sus primeros aviones modernos, el Mitsubishi A5M y el Nakajima Ki-27.

 

Autor: Edgar Lizcano

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